sábado, mayo 27, 2006

El conejito

Erase una vez un conejito, Eduardo, que todos los días corría por el campo, entre flores, árboles y matorrales, contento y risueño, nada en él era triste, para él no existía el rencor, el odio ni el resentimiento. Vivía feliz con sus dos hermanos conejitos y su mamá coneja en el centro del bosque, junto a una laguna, era un bosque frondoso, fresquito, con muchas flores y árboles. Todas las mañanas salía de casa a jugar con sus hermanitos al escondite, al pillar, o simplemente a correr y correr por todos los rincones del bosquecito.
Un día, Eduardo llegó a casa después de jugar y encontró a Julio, un amigo de la familia, llorando y muy cabizbajo. La madre de Eduardo le explicó que unos grandes monstruos habían arrasado la parte del bosque donde vivía Julio y que su casa había quedado hecha añicos, estos no tenían miramientos por los habitantes del bosquecito, avanzaban y mataban a su paso sin importarles si quiera que fuesen niños, pero lo peor de todo era que los monstruos seguían avanzando y no tardarían en llegar al lugar donde tenían su pequeñita casa. Eduardo muy asustado pasó la noche llorando, ¿dónde irían? ¿y si estos monstruos llegaban mientras todos dormían? Al día siguiente, Eduardo se escapó de casa (su madre no dejaba que salierá fuera a jugar) y fue a buscar a los enormes y temibles monstruos. Corrió y corrió hasta llegar a un enorme claro, su amigo de escuela, Pepo, tenía su casa allí, pero en vez de su casa, de los enormes árboles, de las numerosas plantas y flores, solo existía la nada, eso era, no había nada, los árboles habían sido talados, las plantas y flores arrancadas y la casita de su amiguito destruida. Eduardo lloró y lloró pero un rugido enorme lo alentó, un enorme monstruo de color amarillo apareció, tenía una enorme boca que recogía arena y que la excupía en otro monstruo parecido, se sostenía sobre unos grandes pies negros de goma que no andaban sino que rodaban por el suelo, sus ojos centelleaban una clara luz amarilla. La maquina avanzaba poco a po
co y Eduardo tuvo miedo y corrió a casa, ¿qué otra cosa podía hacer? Cuando llegó se escondió debajo de cama y no volvió a salir hasta la cena. Durante la comida estuvo muy callado, pero no destacó porque durante la cena nadie habló, terminaron y se marcharon todos a la cama sin decir ni una palabra. A la mañana siguiente todos saltaron de sus camas espantados por un horrible ruido, los monstruos habían llegado. Salieron de la casa en pijama sin haberles dado tiempo de recoger sus maletas, dejaron la puerta abierta a su terrible futuro y corrieron. Un montón de arena fue arrancada del suelo y con él sus hermanos y su mamá. Eduardo siguiendo los consejos de su madre continuó corriendo hasta llegar a la otra parte del bosque. Entonces vió horrorizado que no había bosque allí tampoco sino unas enormes casas todas iguales, un montón de hombres, grandes y pequeños, que iban de un lado a otro y temeroso de la crueldad del ser humano dió media vuelta y corrió en busca de su madre y sus hermanos. Pero nunca los encontró, las máquinas continuaron talando árboles y los hombres construyendo casas, el bosque desapareció y con él todos los animalitos que vivían allí. Eduardo mira ahora triste y resentido la urbanización en la que se a convertido su bonito y alegre bosque.

Es una historia triste pero cierta, la construcción del hombre a destruido bosques de todo el mundo y con ellos miles de seres vivos. Estamos en la era del cemento y el ladrillo.

1 comentario:

Amara dijo...

Aún recuerdo yo a veces el eucaliptal que habia debajo de tu urbanizacion :P no es broma, seguro que tu tambien lo recuerdas, que llegaba desde mi barrio y el tuyo hasta el instituto de Valme... ains, q tiempos aquellos, lo q es la evolucion